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Primero sueño — First Dream (Spanish original)

by Sor Juana Inés de la Cruz · 1648–1695
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Primero Sueño
de Sor Juana Inés de la Cruz

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Primero SueñoPrimero SueñoSor Juana Inés de la Cruz
Edición de Antonio Alatorre

Piramidal, funesta, de la tierra

nacida sombra, al cielo encaminaba

de vanos obeliscos punta altiva,

escalar pretendiendo las estrellas;

si bien sus luces bellas,

exentas siempre, siempre rutilantes,

la tenebrosa guerra

que con negros vapores le intimaba

la pavorosa sombra fugitiva

burlaban tan distantes,

que su atezado ceño

al superior convexo aun no llegaba

del orbe de la diosa

que tres veces hermosa

con tres hermosos rostros ser ostenta,

quedando sólo o dueño

del aire que empañaba

con el aliento denso que exhalaba;

y en la quietud contenta

de imperio silencioso,

sumisas sólo voces consentía

de las nocturnas aves,

tan obscuras, tan graves,

que aun el silencio no se interrumpía.

Con tardo vuelo y canto, del oído

mal, y aun peor del ánimo admitido,

la avergonzada Nictimene acecha

de las sagradas puertas los resquicios,

o de las claraboyas eminentes

los huecos más propicios

que capaz a su intento le abren brecha,

y sacrílega llega a los lucientes

faroles sacros de perenne llama,

que extingue, si no infama,

en licor claro, la materia crasa

consumiendo, que el árbol de Minerva

de su fruto, de prensas agravado,

congojoso sudó y rindió forzado.

Y aquellas que su casa

campo vieron volver, sus telas hierba,

a la deidad de Baco inobedientes,

—ya no historias contando diferentes,

en forma sí afrentosa transformadas—,

segunda forman niebla,

ser vistas aun temiendo en la tiniebla,

aves sin pluma aladas:

aquellas tres oficïosas, digo,

atrevidas hermanas,

que el tremendo castigo

de desnudas les dio pardas membranas,

alas tan mal dispuestas

que escarnio son aun de las más funestas.

Éstos, con el parlero

ministro de Plutón un tiempo, ahora

supersticioso indicio al agorero,

solos la no canora

componían capilla pavorosa,

máximas, negras, longas entonando,

y pausas más que voces, esperando

a la torpe mensura perezosa

de mayor proporción tal vez, que el viento

con flemático echaba movimiento,

de tan tardo compás, tan detenido,

que en medio se quedó tal vez dormido.

Este, pues, triste son intercadente

de la asombrada turba temerosa,

menos a la atención solicitaba

que al sueño persuadía;

antes sí, lentamente,

su obtusa consonancia espacïosa

al sosiego inducía

y al reposo los miembros convidaba,

el silencio intimando a los vivientes

(uno y otro sellando labio obscuro

con indicante dedo),

Harpócrates, la noche, silencioso;

a cuyo, aunque no duro,

si bien imperïoso

precepto, todos fueron obedientes.

El viento sosegado, el can dormido,

éste yace, aquél quedo

los átomos no mueve,

con el susurro hacer temiendo leve,

aunque poco, sacrílego ruïdo,

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